domingo, 24 de febrero de 2008

Ambiente, territorio y mapa

Alberto Tasso

El territorio en el que se desenvuelve la vida de una sociedad humana actúa como un fuerte condicionante de su actividad. Esto explica en parte la vigencia que durante mucho tiempo tuvieron las teorías que asignaban a los factores “geográficos” una importancia decisiva, de modo semejante a aquellas que privilegiaban los “raciales”. Si bien las explicaciones monocausales no gozan hoy de la aceptación que antes tuvieron, está fuera de discusión que las características geográficas –o ambientales, según el concepto más abarcativo que hoy se prefiere- no pueden ser soslayadas. Esta es la razón por la que contemplaremos ambiente y territorio como escenario en el que se despliega la vida de la sociedad santiagueña, partiendo de la idea de que su perfil debe ser analizado a lo largo del tiempo, pues ha sido transformando por la intervención humana, y en muchos aspectos ya no es el que fue. Además, como parte de los cambios en la tecnología, la organización social y las ideas, aquellas condiciones más estables que suelen describirse con la concepción braudeliana de larga duración, han sido vistas y utilizadas también de modos cambiantes.

En este enfoque del escenario consignaremos referencias de períodos diversos y sin imponerle necesariamente un orden cronológico, proporcionadas por viajeros, cronistas y geógrafos. También hemos utilizado obras de referencia y documentos de investigación contemporáneos. [1]

El territorio santiagueño está ubicado en el extremo noroeste de la región que Martín de Moussy denominó 'pampasia'. Es, por lo tanto, parte de la planicie baja y con suave pendiente noroeste-sudeste que caracteriza a buena parte del territorio argentino. Esta llanura, colgada de la formación andina del oeste y receptora de sus acumulaciones aluviales, recibió y reflujos marinos en períodos muy remotos, resultados de sucesivas elevaciones y declinaciones

"...cuyos restos localizados en el área inferimos corresponden al lavado de zonas más altas, que luego se depositaron en estas cuencas, sujetas ellas mismas en tiempos anteriores a invasiones marinas, que obviamente dejaron su secuela salobre o salina en las capas sedimentarias y en los mantos acuíferos de la región”. [2]

Esta salinidad en las capas superficiales del suelo, aumentada por la escasa pendiente que dificulta el escurrimiento, tiene importancia porque ella ha afectado, y en muchos sitios aún afecta, el asentamiento humano y la producción agropecuaria, especialmente la realizada bajo regadío.

Desde un punto de vista climatológico, Santiago del Estero se ubica dentro de la zona subtropical de Argentina, con una altura de 220 a l70 metros sobre el nivel del mar, según se tomen como cotas los extremos de la diagonal que va desde el Departamento Pellegrini al de Rivadavia. Sensibles variaciones de clima se observan en la región chaqueña a medida que se avanza de este a oeste, pasando de húmedo a semiárido y seco. Las precipitaciones pluviales de 800 mm/año en Resistencia (Chaco), descienden a 576 en Tintina (Santiago del Estero) y a 450 en Rivadavia (Salta). Caracterizado como mesotermal subárido [3], con sequías relativas o déficit hídrico en el período invernal mayo-septiembre, y temperaturas medias anuales de 19º-23º, el clima de la región chaqueña aparece como un controlador decisivo del paisaje natural.

A ese ambiente responde la fisonomía del bosque xerófilo,

bajo, de troncos delgados y retorcidos, de ramas tortuosas, en su mayor parte espinosas, de hojas pequeñas, con gran predominio de mimosáceas, con árboles entremezclados, con abundantes arbustos achaparrados, matas duras y cactáceas, ordinariamente de porte reducido; el promedio de altura no pasa de 6 a 8 metros; sus epífitas son escasas y pequeñas... [4]

según la precisa descripción de Frenguelli. El bosque es la cubierta dominante, salvo en el sudeste limítrofe con Santa Fe donde se presenta el campo abierto propio de la región pampeana húmeda y de los grandes reservorios salinos antes mencionados; tampoco se ve el bosque en las zonas de bañado con antigua tradición agrícola, pero en este caso se suma la presencia habitual del agua al factor humano como modificador. No obstante, en medio del bosque se encuentran ocasionalmente espacios vacíos o abras naturales, que pueden o no coincidir con la forma clásica del estero, o bajo inundable. Por ser infrecuente en las otras zonas que acababan de atravesar, esta última manifestación natural llamó la atención de los españoles hasta el punto de incluirla en el topónimo “Santiago del estero”, uno de los pocos de esta etapa del poblamiento que registra una alusión paisajística, junto a uno que otro valle, las siete corrientes o los buenos aires.

Esta condición de llanura le ha otorgado una condición de permeabilidad, no sólo de las aguas sino también de la población. Rex González y Pérez (1993: 36-37), que según las comprobaciones hasta ahora existentes admiten un poblamiento desde unos seis milenios a.C., consideran a la región de la actual Santiago del Estero como región de transición cultural entre el conjunto del Noroeste y las culturas amazónicas del Litoral-Mesopotamia y los cazadores recolectores del Chaco.

Los ríos Dulce y Salado, que la cruzan en el sentido antes indicado, son los principales cursos de agua. Ya sus nombres nos hablan de cierta preferencia por los opuestos en la que abunda la vida santiagueña. El primero, con mayor caudal, pertenece al sistema Salí-Dulce; nace de numerosos aportes en la formación del Aconquija tucumano y culmina en la Laguna de Mar Chiquita.

El régimen de este río es marcadamente torrencial, con caudales de 1.100 m³ por segundo durante las crecidas, los que se reducen a 5 ó 6 m³ en estiaje. Estos datos corresponden a aforos que tomamos en 1907 frente a la ciudad de Santiago, es decir aguas debajo de importantes derivaciones de los caneles de la Cuarteada, Tarapaya, Santa Rosa, Pinto y Beltrán; debiendo por lo tanto entenderse que al entrar en la provincia de Santiago lleva caudales mucho mayores. (Soldano, 1910:154).

El segundo, sucesor del Pasaje o Juramento en su recorrido por Salta, donde nace, desemboca en el Paraná. Ambos ríos se asemejan en que tienen fuertes variaciones estacionales: mucho agua en verano, y casi nada en invierno. Pero también hay diferencias: nos dicen los geógrafos que el Dulce ha formado vastos depósitos de arena a lo largo de su historia, muchos de ellos cubiertos por capas posteriores de arcillas y limos traídas por los vientos y por las materias que él mismo lleva; y que el Salado, en cambio, en su paso por suelos de tierra la arrastra material en proporción muy notable. Por ello, él mismo se cierra el camino de tanto en tanto, y se ve obligado a cambiar de curso. La prehistoria del Salado está escrita en la red de paleocauces, testigos de algo así como desvíos juveniles. Cuando uno viaja por Moreno, Alberdi o Copo y el camino de tierra cruza un bajo, la persona informada que siempre nos acompaña mira a ambos lados y dice en voz baja, respetuosamente: “Un río muerto”.

Los derrames de los ríos formaban bañados, que los antiguos pueblos indios habían aprovechado para inventar la agricultura: se sembraba apenas se retiraban las aguas, y se cosechaba al fin del verano. La extensión primitiva aproximada de la superficie bañada era de unas treinta leguas de largo por cuatro de ancho, lo que equivale a unas 225.000 hectáreas. [5] Sobre esta base de riego natural o espontáneo se formaron las áreas agrícolas. Este sistema, sin embargo, era precario debido al cambiante curso de las aguas de los ríos. Pierre Denis, en 1920, habla de

...lechos actuales, lechos antiguos siempre prestos a reabrirse... forman una madeja densa en medio de la llanura. [6]

La historia registra numerosos cambios de este tipo en el curso del Salado y el Dulce. Hacia 1760 el Río Salado, luego de una creciente, se unió con el Dulce, abandonando transitoriamente su desembocadura en el Paraná y derivando sus aguas a la Laguna de los Porongos. [7] Se atribuye a este cambio de curso el despoblamiento de las reducciones de Petacas y Candelaria (Chávez, 1904). El Salado recuperó su derrotero antiguo antes de 1785. [8] En 1825 un cambio semejante en el curso del Dulce provocó un gran impacto en las poblaciones ribereñas de Soconcho y Salavina. El gobernador Taboada consideró durante bastante tiempo la posibilidad de hacer retornar las aguas a su curso, ya que el desvío había causado perjuicio a una población cuantiosa que él estimaba en 15.000 personas (Gancedo, 1885). Como los asentamientos indígenas se trasladaban tras el derrotero del agua, se entenderá en que 1612 el Gobernador Alfaro, al ordenar que no se moviese a los indios de los lugares que se les había fijado para su reducción, aclarase lo siguiente:

...En los pueblos del río Dulce y Salado... no puede esto ser tan preciso porque la fertilidad de la dicha tierra procede de los grandes bañados... declara que... cuando el río no pueda bañar las tierras se pueda hacer la mudanza. [9]

Este es el caso de un gobernante que sabía lo que le convenía. Las crónicas del período colonial describen con lujo de detalles un aspecto negativo de las crecientes, como eran los daños sobre las poblaciones asentadas a la vera de los ríos, especialmente la ciudad de Santiago del Estero. A lo largo de los siglos, la necesidad de construir sistemas de defensa de estas crecientes anuales se convirtió en una de las obsesiones del Cabildo local. Se registran varias crecientes que destruyeron viviendas y edificios públicos, incluida la Catedral. Los sistemas de defensa ocuparon a numerosos gobernadores del período independiente, desde Taboada a Cáceres, pasando por Absalón Rojas. A mediados del siglo XX, Clementina Rosa Quenel imagina, en uno de sus tantos logrados cuentos, la forma en que la población campesina vivía dramáticamente la creciente.

Le calculaba que a eso de las cuatro de la mañana llegaría el apurón del agua (...) ¡Qué diablo, en tierra seca, el río era una bendición! ¿Iba a huirle como hembra miedosa? Quien conociera como él la impiedad del agua, no iba a chacotearle a la cosa. Bien sabía del bramido de las aguas morenas. Bien conocía el destino de los sunchales inundados, que iban río abajo igual que barbas flotantes. Después, los sacudones bárbaros, que estirando lengüetazos hacia una y otra banda se chupaban las barrancas... El caudal crecía, crecía, crecía y pechaba la masa turbia hasta volcarse a su gusto en los terrenos y bajos ribereños... Los ranchos quedaban vacíos con las quinchas pudriéndose en el cinturón de agua. Algunos se desmoronaban con acatamiento trágico. Las cabritas y los perros y alguna tamberita eran saldo que se llevaba la gran correntada en locos remolinos.[10]

Las elevaciones más notables están en el borde oeste y sur; obligan a nombrar de norte a sur, el cerro Remate (Pellegrini), las sierras de Guasayán, las de Ambargasta (Choya y Ojo de Agua), y Sumampa (Quebrachos). Todas las sierras del centro-oeste cobijan en sus laderas y valles emplazamientos favorables para la ganadería, con microclimas que valorizan el precio de la tierra. [11] Esta subregión fue también sede de poblamiento prehispánico, cuyas huellas entretienen al arqueólogo, al antropólogo, y al historiador. También, los nutridos expedientes de la hacienda de Maquixata que estudiaron Ana María Lorandi y sus colaboradores, entre otros.

El bosque y sus riquezas de flora y fauna prestaron sustento a muchas generaciones, probablemente desde un milenio antes de la llegada de los españoles. No cabe duda de que en el bosque se fundó la economía de la región, y además también la medicina y la religión. Las numerosas variedades de animales y vegetales fueron sustento cultural en un sentido amplio, que incluye desde la alimentación hasta el mito.

El desenvolvimiento de las actividades económicas y el poblamiento fueron resultado de las condiciones ambientales, tanto en sus restricciones como en sus favores. Lo primero a mencionar es el llamado ‘patrón de semiaridez’, o simplemente semiárido: lluvias relativamente escasas, en torno a los 500 a 600 milímetros por año, concentradas en los meses de verano. El régimen hidrológico, caracterizado por fuertes crecientes estivales, refleja este ritmo, aunque en realidad proviene principalmente de los deshielos en los lugares de origen de los ríos.

En general, las sequías periódicas constituyen una referencia constante a lo largo del tiempo, por sus efectos sobre la agricultura y la ganadería. Los estudios dendrocronológicos señalan cinco grandes períodos secos en el noroeste entre 1710 y 1810 [12].

Palomeque (1992: 51) identifica nueve sequías importantes en el medio siglo que va de 1790 a 1846, y agrega:

Todo el territorio de la jurisdicción de Santiago es muy sensible a los períodos de sequías. Depende de las lluvias en las vertientes orientales de los Andes y de las consecuentes inundaciones para obtener agua. Si no hay inundación de los ríos no hay actividad agrícola de bañado, se reduce la de temporal (es entonces cuando deben importar granos desde Tucumán), se reducen las aguadas donde beben los ganados, e incluso se hace difícil obtener agua para beber las personas. (Palomeque, 1992: 15).

Dentro del período que estudiamos se registran sequías en torno a los años 1892, 1902 y 1936-37. Las consecuencias de estas crisis no son difíciles de imaginar: mortandad de hacienda, agotamiento de reservas de granos, hambre, migraciones, con las previsibles derivaciones sobre el comercio regional y el capital de los productores. Las disposiciones del Cabildo de Santiago del Estero limitando la saca de trigo fuera de la ciudad, e imponiendo penas severas a quienes la transgredieran, son un ejemplo de las decisiones de gobierno ante estos eventos. Es conocida la solicitud de ayuda económica de Ibarra a Rosas ante la sequía de 1847 (Alén Lascano, 1991).

Depósitos salinos, esteros junto a los ríos, cíclicos períodos de escasez hídrica, bosques xerófilos (¿podría traducirse como “amantes de la sequía”?) en la mayor parte del territorio, ocasionalmente interrumpidos por áreas abiertas con pastizales; estos podrían ser los rasgos dominantes del ambiente santiagueño a lo largo de la historia reciente, en torno a los cuales cobran importancia la red hidrográfica y sus conductas estacionales. Lo cierto es que la población de la región se desarrolló en medio de un ambiente que parece preferir los extremos, donde llamar al agua fue una práctica obligada, y detenerla también.

El mapa

Originalmente, la actual provincia se insertaba en un mapa más amplio, que era la gran región de la Gobernación del Tucumán, frontera de los dominios ya conquistados que dependían del Virreinato de Lima. Aunque las primeras entradas provinieron de Lima, es un rasgo singular de este emplazamiento que unos años después haya sido establecido y sostenido por una corriente proveniente de la Capitanía de Chile, lo que generó un conflicto jurisdiccional característico de la época. La ciudad de Santiago del Estero fue cabecera de esta jurisdicción desde su fundación hasta fines del siglo XVII, en que dicha sede fue trasladada a Córdoba. Por ese entonces menudean las expresiones de descontento de algunos funcionarios hacia, justamente, las condiciones ambientales, principalmente suelos y clima o las características de la capital, que “sólo el nombre tiene de ciudad”. [13]

Los datos principales que ofreció el actual territorio santiagueño durante el poblamiento español fueron, probablemente, los siguientes: el considerable poblamiento indígena, el perfil natural -que en general fue visto como favorable-, y el clima, sobre el cual no siempre hay tanto consenso. En su región central, los indios eran ya agricultores, y aunque practicaban la caza y la recolección propias de su estadio de desarrollo anterior, se había sedentarizado, ocupando las riberas de los ríos Dulce y Salado. Hay referencias a la llanura, poblada de bosques y escasa de agua excepto en la vecindad de los ríos, y por esteros ocasionales. Un rasgo adicional que no tiene sentido desestimar es el de la temperatura, como lo consignó Sotelo de Narváez en 1582:

Es tierra calurosa, aunque en los meses de Mayo, Junio y Julio hace frío. Báñanla todos los vientos, y los que más reinan son norte y sur; tiene muchas montañas en partes, y tierra rasa de sabanas; es tierra sana y más en tiempo de calor que cuando hace frío. [14]

Uno de los numerosos viajeros que pasaron durante el siglo XIX anota que en el mes de enero la temperatura alcanza los 50 C [15]. El calor, junto al agua y el monte, podría ser otra seña de identidad del paisaje santiagueño.

El poblamiento que se produjo a lo largo del primer siglo de presencia española estuvo en buena parte condicionado por estos factores. La elección del actual noroeste argentino como sede de la acción colonizadora respondió, como se sabe, a un emplazamiento estratégico defensivo que inicialmente diseñó el virrey Toledo, [16] al que luego el oidor Matienzo agregó una idea importante: las ciudades que acababan de fundarse eran mejores como ruta que como fuertes. Mientras el objetivo virreinal era constituir una línea de defensa de las agresiones calchaquíes mediante la localización de una serie de ciudades, Matienzo advirtió, antes de concluir el siglo XVI, que este nuevo territorio era también un escalón del desplazamiento hacia el Atlántico, vital como medio de comunicación con España.

La diferencia de estas visiones no era menor: donde Toledo vio una frontera que necesitaba ser defendida, Matienzo vio un itinerario, un lugar de tránsito. Desde ya que la concepción audaz de Matienzo fue anticipatoria: el crecimiento de Buenos Aires y la región pampeana se encargó de darle realidad. La idea de Santiago del Estero como lugar de paso rigió en los siglos posteriores su ubicación relativa dentro del espacio nacional. También contribuyó al presupuesto de la ciudad: uno de los ingresos más estables de un tesoro provincial siempre escaso era el impuesto al tránsito de vehículos de carga o transporte de personas, también llamado “peso de carretas”. En 1825, cuando el empresario minero inglés Joseph Andrews (1915) atravesó la provincia, se quejó del fuerte peaje pagado por atravesar un rústico puente sobre el río; por nuestro carruaje y dos o tres mulas cargadas tuvimos que pagar doce pesos, suma que escasamente valía el puente.

La instalación de las ciudades en el noroeste, de las cuales Santiago del Estero fue la primera que perduró, supuso una dura lucha por la supervivencia. La distancia entre los centros, el reducido número de españoles, la lucha contra los indios y la necesidad de dominarlos para disponer de mano de obra servil, configuran el cuadro de los conflictos en la primera etapa. Las dificultades para instalar un patrón de vida cívica organizada están registradas detalladamente en la crónica colonial.

La zona poblada siempre estuvo entre los ríos, en una mesopotamia difícil y benévola a un tiempo. Allí vivían los indios, y en consecuencia allí vivieron también los españoles, que poco a poco establecieron sus estancias en las zonas ribereñas.

La principal ruta que prefirió la economía santiagueña corre en la misma dirección de sus ríos: hacia el noroeste, que es Tucumán pero también Salta, Jujuy, y el mundo andino. Y el opuesto, hacia el litoral, que incluía el paso por Córdoba y finalmente era Buenos Aires. Hubo otras direcciones, desde luego: la más importante hacia el oeste, es decir, Catamarca. El este y el nordeste, en cambio, incluía el monte inexplorado del chaco Gualamba, los indios hostiles más allá del Salado, y la búsqueda del casi mitológico Mesón de Fierro: recuerdo de una granizada de asteroides y pedruzcos caída del cielo, que Ramírez de Velasco y Mexía de Miraval se empeñaron en hallar.

Posteriormente, ya producida la creación del régimen de intendencias, Santiago del Estero dependió de Salta del Tucumán. Luego de la independencia nacen las provincias en torno a la hegemonía local de las ciudades primitivas. Hasta la declaración de la autonomía, en 1820, Santiago vivirá una segunda instancia conflictiva, a causa del intento de Tucumán de sumarla a su dependencia, que se frustra con la intervención de las tropas de Ibarra ante las de Aráoz.

La ampliación del territorio provincial, de acuerdo a una ley de 1884 y concretada en 1904, modificó sensiblemente el mapa de Santiago, convirtiendo el triángulo anterior en una figura aproximadamente rectangular, según la traza efectuada por Alejandro Gancedo en 1896, con arreglo a la Ley de 18 de octubre de 1884 que acrecentó la superficie a 143.484 km2 (Olaechea y Alcorta, 1907: 388). Para entonces, las vías del ferrocarril ya ingresaban en la región nordeste -hasta entonces Territorio Nacional del Chaco- como producto de la recién iniciada explotación forestal. El ferrocarril modificó el patrón de poblamiento rigiéndolo ahora por las necesidades del transporte y la cercanía a los bosques aprovechables, naciendo estaciones y nuevos pueblos en lugares donde, en algunos casos, el recurso agua era inexistente (Togo, 1992).

Bernardo Canal Feijóo sostuvo en una ocasión que a Santiago del Estero su mapa le quedaba grande. Un breve ensayo que escribió en 1943 [17] contenía esta sugerente observación. Su argumentación es la siguiente: el núcleo básico y fundante de la cultura santiagueña ha estado contenido, a lo largo de los siglos, en la región central, bordeada por el Dulce y el Salado. En la periferia de esta región se constata la penetración de formas sociales características de las provincias vecinas, y el carácter de la cultura santiagueña aparece como desdibujado. En efecto, ante una primera mirada el sudeste impresiona como influido por Santa Fe, el sud por Córdoba, el noroeste por Chaco y el nordeste por Tucumán. Canal Feijóo trabajaba con la idea de que la cultura, más que los límites jurisdiccionales, es la que define la extensión de un dominio, y él encontró un indicador de esta cultura en la tonada, o acento oral característico. Desde un punto de vista semejante, se habla de “los catorce departamentos de habla quichua”, al considerar el área de influencia de esta lengua.

En efecto, la primitiva localización de la población que hoy llamamos santiagueña coincidió con esta región central, pero también es cierto que los sucesivos movimientos expansivos del poblamiento le dieron a Santiago del Estero el dominio político que hoy se le reconoce.

Ahora bien, ¿cuán grande es el mapa de Santiago del Estero, es decir, su territorio político? En relación con el territorio argentino, Santiago del Estero es la séptima provincia en orden de extensión. Pero la extensión territorial es siempre relativa, dependiendo del tipo de análisis que realizamos con ella. Si la relacionamos con la población efectiva que ha cobijado a lo largo de su historia, el territorio santiagueño puede ser visto como muy vasto y aún hoy virtualmente despoblado en algunas regiones. Si se excluyen los departamentos con población urbana, y la región central donde la población rural es considerable, la densidad promedio es baja y hasta muy baja, en algunos departamentos inferior a 1 habitante / km2, lo cual equivale a un ecúmene más semejante al de una región semidesértica que al de una agícola. Esto está determinado por la baja demanda de empleo en las regiones ganaderas, característica a lo largo de toda la historia santiagueña.

Los cambios en los sistemas de producción, no menos que en la organización social, modificaron el patrón de asentamiento. En el sistema colonial, la capacidad de soporte poblacional de las zonas rurales fue, si tenemos en cuenta la población residente, mayor que la actual, y aproximadamente desde 1940 se advierte con nitidez la tendencia al despoblamiento rural.

Los patrones de concentración y dispersión poblacional se expresaron de manera variable según los tiempos. En el siglo XVI la población se radicaba en la costa del Dulce y el Salado, siendo mayor la localizada en la primera de esas zonas, dado que ofrecía la combinación de zona agrícola fértil, cultivable por la escasez de árboles en las riberas, y riego natural. Aunque esa región mesopotámica concentró la mayor población a lo largo de los últimos siglos, siempre se verificaron movimientos y radicaciones en otros sitios, provocados por la expansión de la cría de ganado, las fortificaciones defensivas y la explotación del bosque. Las excepciones son las Salinas Grandes (Choya), y las Lagunas Saladas (Ibarra).

La tendencia a la dispersión, y la crítica consecuente porque dificulta el control social, no es nueva. Durante el siglo XVIII, los informes de los obispos reiteran que la población está muy dispersa en los montes y que el control de los religiosos sobre ellos es escaso. [18] A lo largo de todo el siglo XIX estos reclamos se reiteran, en este caso desde los documentos del Estado provincial, exhortando a Jueces y Comandantes de campaña a que induzcan a los pobladores aislados a concentrarse cerca de villas y pueblos. [19]

El río Salado operó como una frontera: más allá se extendía el territorio del Gran Chaco, donde había indios que hostilizaban los núcleos de poblamiento español o las estancias. Eventualmente eran refugio de quienes delinquían, o simplemente estaban fuera de la ley, por ejemplo comerciando sin pagar impuestos. Este fenómeno es típico de toda zona de frontera. Algunos topónimos en la línea de fuertes en este sector –Abipones, Vilelas, Matará- hacen referencia a algunos de los pueblos aborígenes situados más allá del Salado. Esta región, que recién dejó de ser considerada frontera insegura hacia fines del siglo XIX, fue muy apetecida por sus campos abiertos.

Por lo general, las atribuciones favorables al clima y al ambiente se fundan en el potencial de aprovechamiento económico. A lo largo de un período extenso, las periódicas variaciones de aquél inducen crisis en éste, por lo que los períodos de bonanza y escasez, como en la Biblia, se suceden y marcan la imagen que la sociedad local tiene de sí misma, y que proyecta hacia afuera. El lenguaje popular expresa esto en los vocablos de 'pockoypacha' y el recíproco de 'muchuipacha'. [20]

A fines del siglo XIX, y ya en el período de nuestro estudio, los términos de la visión social del ambiente se reformulan y resignifican, introduciendo los mismos valores de aprovechamiento económico en los nuevos conceptos de empresa, rentabilidad y lucro. Éstos no estaban ausentes en el período precedente, por cierto, pero se diría que estaban acomodados a unos ciclos de producción naturales. La modificación consiste en que se fortalece el valor otorgado a la capacidad de intervención humana, al capital como clave de transformación, y la experimentación de cosas nuevas, en términos de cultivos, organización social del trabajo, y uso de tecnología.

Por esa causa, el ambiente y su potencial de recursos naturales comienzan a ser vistos como maleables: es posible intervenir sobre ellos y modificarlos, y sobre todo, hacerlo rápidamente. La variación en la noción de tiempo es, posiblemente, la mutación que sintetiza aquellos otros cambios.

Estas modificaciones en torno a la inserción de la naturaleza en la historia están impresas en la producción intelectual de Santiago, no menos que en los códigos de la cultura popular, de modo que las condiciones ambientales pueden ser vistas sucesivamente, y a veces simultáneamente, como parte de un escenario natural que debe aceptarse en sus ofertas y restricciones, o bien como un desafío y un obstáculo a remover. Esto afecta a todos los factores de la producción, y es fácilmente verificable en relación con la tierra productiva (que además de su uso, principalmente agrícola, es objeto de acumulación en tanto capital transferible en el mercado) el agua, el bosque, y la mano de obra.

Notas

[1] Entre los varios que citamos dentro de esta categoría, me refiero en varias ocasiones a un breve trabajo de Palomeque (1992), que además de presentar una pluralidad de testimonios de época, plantea recaudos también atinados acerca de sus limitaciones y validez.
[2] Basualdo, M.A. y Ezcurra F.A., 1982: 61.
[3] Cappanini y Dominguez, en De Aparicio y Difrieri: La Argentina. Suma de Geografía, Peuser, Buenos Aires, 1958, T. I, p. 23-25.
[4] Frenguelli, J., citado por Cappanini y Dominguez, en De Aparicio y Difrieri, 1958, T. I, p. 23.
[5] Sotelo de Narváez, op. cit. Cabe suponer que la región estrictamente agrícola era menor, aunque no hay apreciaciones que mejoren la cifra. Las fuentes consignan, de todos modos, la irregularidad de estos derrames.
[6] Denis, Pierre, 1920. Cit. por Palomeque, 1992.
[7] Mena, Filiberto de: “Fundación de Salta. Descripción y narración colonial de la antigua Provincia del Tucumán (1772). En: Rodríguez, Gregorio: La patria vieja. Cuadernos históricos. Buenos Aires, 1916. Cit. por Palomeque, 1992.
[8] Di Lullo, Orestes: “Las reducciones santiagueñas”. En: Boletín del Museo de la Provincia de Santiago del Estero, N 25, 1960. Cit. por Palomeque, 1992.
[9] Levillier, Roberto: Nueva crónica de la conquista del Tucumán. T. II, 1928:297. Cit. por Palomeque, 1992.
[10] Quenel, Clementina R.: “La creciente”, en La luna negra. Santiago del Estero, 1952, 2ª. edición, pp- 13-24.
[11] Morello, Jorge, en: Allende, H; Pusiol, A., Taboada, M., et al. “Centros de servicio rural en Santiago del Estero”, SEDUV, Buenos Aires, 1982.
[12] Prieto, María y Richard Jorba, Rodolfo: “Las anomalías climáticas en la cuenca del Plata y el NOA y sus consecuencias socioeconómicas. Siglos XVI, XVII y XVIII”. Leguas. Revista Argentina de Geografía, Nº 1, 1991, pp. 60-65. En relación con el estudio de las variaciones climáticas en los últimos dos siglos, cf. Villalba R. et al.: “Intensificación de la circulación atmosférica meridional en la región subtropical de América del Sur inferida a partir de registros dendroclimatológicos”, en Memorias técnicas del Seminario Internacional “Consecuencias climáticas e hidrológicas del evento El Niño a escala regional y local”, Quito, Edición preliminar, 1997.
[13] Carta del Obispo Nicolás Ulloa al Rey, 1682, Archivo de Indias, 74-6-46. Citado en Tasso, A.: Santiago del Estero, Colección Historia Testimonial Argentina, Nº 29, Buenos Aires, CEAL, 1984.
[14] Sotelo de Narváez, Pedro: “Relación de las provincias del Tucumán...” (1583). En Berberián, J.: Crónicas del Tucumán, Córdoba, 1967.
[15] Temple, Edmundo: Córdoba, Tucumán, Salta y Jujuy en 1826. Buenos Aires, 1920.
[16] Levillier, Roberto: Nueva crónica de la conquista del Tucumán. Varsovia, 1928.
[17] Canal Feijóo, Bernardo: “Tamaño de mapa”, en Ensayo sobre la creación popular artística en Santiago, Santiago del Estero, 1943.
[18] Larrouy, P.A.: Documentos del Archivo de Indias para la historia del Tucumán. Tomo II, Siglo XVIII. Tolosa, 1927. Cit. por Palomeque, 1992.
[19] Como ejemplo, el Bando de Buen Gobierno dictado por Juan F. Ibarra en 1820, en Leyes, Decretos, Resoluciones, Legajo 1, 1816-1859, AGPSE.
[20] Quich.: tiempo de maduración y tiempo de escasez, respectivamente.
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* Fuente: Tasso, Alberto: Ferrocarril, quebracho y alfalfa, un ciclo de agricultura capitalista en Santiago del Estero 1870-1940, Alción, Córdoba 2007, Cap. 1, pp. 21-36.