domingo, 24 de febrero de 2008

El conflicto entre tierras altas y bajas, siglos XVI y XVII

Santiago del Estero y el Tucumán durante los siglos XVI y XVII
La destrucción de las tierras bajas en aras de la conquista de las tierras altas

Silvia Palomeque

De una primera lectura de las Actas lo que más sorprende son las constantes vicisitudes del edificio de la Iglesia Catedral de Santiago del Estero cuya construcción original “...de milagro está en pie sobre horcones...” y necesitada de constantes reparaciones para 1601, hasta que es totalmente destruida por un incendio en 1615. Una nueva iglesia ya se ha reedificado en su reemplazo en 1617, en medio de años de “piedras” y “langostas” que obligan a disponer de un sacerdote que, desde la torre de la iglesia o desde su puerta “...bendiga y conjure... todas las chacras y sembrados que caen debajo de la acequia principal de esta ciudad...”, desde septiembre a fines de diciembre. Y esto es sólo el comienzo: mientras se reiteran las referencias a los gastos en constantes reparaciones, en marzo de 1627 se menciona una gran creciente del río cuyas aguas llegaron hasta la plaza y amenazaron con llevarse el nuevo edificio, luego de arrasar con la mayor parte de la ciudad (incluido el Convento de los Mercedarios, las Casas Reales y de Cabildo y las diecinueve mejores casas particulares). Para culminar, llegan las grandes crecidas del río en los años 1659 a 1663 que primero carcomen la cara sur de la iglesia, luego dejan todo el edificio rodeado de una laguna que produce la desestabilización de los techos, para terminar finalmente con la gran crecida de 1663 cuando el río logra hacer “madre” en la misma ciudad, arrasando nuevamente las casas de los Mercedarios pero también las de los Dominicos y de varios vecinos, y sus barrancas llegan a sólo treinta pasos de la iglesia Catedral. Como compensación pero también como problema, desde 1664 se inician los años de seca que permiten desarmar la iglesia y programar su reconstrucción pero ya en algún otro sitio cercano, más protegido de las aguas del río Dulce.
Otra cuestión que sorprende en las Actas es que no hay mayores menciones a problemas para realizar la veloz reconstrucción de la iglesia incendiada en 1615, excepto las dificultades para conseguir artesanos calificados o la asignación de la cuota de mitayos. Sin embargo, luego todo se vuelve más problemático hasta llegar a la década de 1660 donde ya son frecuentes las menciones a la falta de recursos, a la escasez de mitayos y a la necesidad de optar entre destinarlos a consolidar las barrancas del río o a desmantelar la iglesia, lo que los lleva incluso a solicitar que les asignen indígenas de Tafí.
Toda lectura de estas Actas que busque la reconstrucción de parte de la vida económica y social de Santiago en el siglo XVII sólo deja una sensación de lenta decadencia general, muy teñida por el destino del edificio de la iglesia catedral, por la falta de indios y de fondos para su reparación, todo lo cual constituye una superficie a través de la cual podemos percibir problemas más profundos, anclados en reestructuraciones económicas regionales, ya que cuanto mayor es la decadencia de Santiago más importancia toman los diezmos de Córdoba, todo un indicio de su nueva importancia económica.
Para entender el irreverente trato de las aguas del río Dulce hacia la “Madre de las Ciudades” , su Iglesia Catedral y sus vecinos, uno se siente tentado de hacer propias las palabras que escribió el Padre Barzana en 1594, luego de haber vivido una década en estas tierras. Él relata que “...En las tierras de Santiago y Esteco, que cuando se poblaron eran un vergel y se regaban con dos ríos caudalosos... se ha visto lo que dijo David: ‘la tierra fructífera se ha convertido en tierra salobre por la malicia de los que en ella moran’. Ha dado en todos los campos y casas salitre y las casas se caen cada día y es menester cada día repararlas y [los] campos se hacen estériles, y creemos ser por la grande opresión con que son fatigados los indios”. (Barzana, 1987:255)
A lo largo de este texto, que pretendo sirva de referencia general para aquellos que enfrenten la lectura de las Actas, siguiendo el planteo del Padre Barzana, sostendré que durante los siglos XVI y XVII se dio un proceso durante el cual se fueron destruyendo las importantes economías y sociedades indígenas prehispánicas asentadas sobre los valles y cauces de los ríos Salado y Dulce, y que sus recursos (ambientales y humanos) fueron los que posibilitaron acabar con la resistencia de las sociedades indígenas de las tierras altas de puna y de valles y quebradas. Todo este proceso incidió indirectamente en la reestructuración del espacio económico y social del Tucumán, donde a medida que Córdoba se perfila como una región en auge constante, se van debilitando las economías regionales asentadas en las tierras bajas de los ríos Salado y Dulce y se inicia el lento crecimiento de las tierras altas.
Si bien desde hace tiempo sabemos que desde Santiago del Estero partieron las distintas “entradas” que dieron origen a las ciudades del Tucumán y las secuelas negativas que trajeron aparejadas, el estudio comparativo de los diezmos a lo largo de un siglo que presentamos a continuación, nos permitirá no sólo confirmar esta idea general sino tener una clara dimensión de la magnitud del proceso y, además, percibir que el costo de la conquista no lo pagaron sólo los vecinos españoles de Santiago sino principalmente las sociedades indígenas, y que la zona afectada abarcó un espacio más amplio, que es el que denominamos tierras bajas.
En el trasfondo de este análisis están presentes los largos años de lucha militar que implicó la invasión y conquista de las sociedades indígenas por parte de los españoles, todas ellas integradas al Tawantinsuyu con excepción de las de Córdoba, conquista que fue posible por los conflictos previos entre esas sociedades, tal como ya planteamos en un artículo anterior (Palomeque, 2000). Esta guerra, cuyas secuelas han sido poco consideradas por la historiografía argentina, se inició cuando Almagro y su hueste acompañaron a Paullo Inca hacia Chile en 1536 y recién culminó en 1664, ciento treinta años después (!!!). Al final de la etapa inicial de la conquista, que duró medio siglo, los españoles lograron fundar el conjunto de las principales ciudades en las tierras bajas o el piedemonte, pero esto no implicó el final de los enfrentamientos militares ya que la resistencia de los pueblos de valles Calchaquíes continuó hasta 1664.
No sólo el armamento español colaboró en la conquista. Una de las principales causas del triunfo de las huestes españolas enfrentadas entre sí, fue su experiencia previa como conquistadores en las tierras andinas del norte y su relación con los incas. Todo esto facilitó un tipo de invasión que se caracteriza en su primera etapa por utilizar los conflictos entre los grupos y generar alianzas con algunos de ellos. En términos generales, puede decirse que los grupos indígenas que se aliaron a los españoles tendieron a ser los mismos que anteriormente eran aliados de los incas, y que ellos también participaron en la “conquista” de aquellos pueblos con los que mantenían relaciones conflictivas desde el período incaico.
Esta afirmación de orden general refleja sólo una tendencia, en tanto es imposible pensar que sociedades gobernadas por un fragmentado poder político, no unificado de forma permanente, dieran una respuesta uniforme. En esta ocasión revisaremos las conclusiones a las que arribamos en el trabajo antes mencionado (Palomeque, 2000) donde sostuvimos que durante la conquista los españoles contaron con el apoyo de “indios amigos” en el piedemonte del Aconquija y en la Mesopotamia Santiagueña, mientras se mantenían hostiles los indios de tierras altas de valles Calchaquíes y de Puna. En aquella oportunidad consideramos como tierras bajas con “indios amigos” a las sociedades indígenas en cuyos territorios se fundaron las ciudades de Santiago del Estero e Ibatín/Tucumán. En cambio, ahora percibimos que las tierras bajas deben referir a un espacio mayor, habitado por todo el conjunto de pueblos asentados a lo largo de los ríos Salado y Dulce, incluyendo las ciudades de Esteco y Madrid, con lo cual pretendemos incentivar las investigaciones sobre su período temprano.
También en el trasfondo de este análisis está presente mi ya antigua preocupación y admiración por las formas de acceso a los recursos ambientales de la mesopotamia santiagueña por parte de las sociedades indígenas prehispánicas, formas que son parcialmente continuadas por las sociedades campesinas al menos hasta las primeras décadas del siglo XX (Palomeque, 1991, 1992). Los resultados de esa investigación han sido incluidos bajo la forma de resumen general en una publicación reciente (Farberman, 2005:30-36) y recuperados de forma parcial y no totalmente satisfactoria para quien realmente se preocupe por las formas sociales de acceso a los recursos, la fragilidad ambiental de estas zonas tan particulares y las características del tipo de asentamiento prehispánico en “...montículos artificiales para proteger las viviendas de inundaciones...” tan bien tratado por Lorandi (Otonello y Lorandi, 1987:92). Estos puntos, que a nuestro entender son centrales para entender el alto nivel de destrucción que ocasiona el asentamiento y la explotación española de estas frágiles zonas ambientales, serán revisados con mayor amplitud como culminación de este artículo.


Una mirada a través del estudio de los diezmos

Cabe remarcar que cuando hablamos de las sociedades prehispánicas asentadas en los ríos Salado y Dulce nos estamos refiriendo a un espacio más amplio al que hoy se conoce como “mesopotamia santiagueña”, donde ambos ríos se acercan, al sur de la ciudad de Santiago del Estero, que es la primera ciudad estable que logran fundar los españoles en 1553 y en la que quedan cercados en 1564 cuando la sublevación indígena dirigida por Juan Calchaquí destruye todos los otros poblados. En este caso recuperamos como unidad espacial a los cursos de los ríos Salado y Dulce, considerando también los cauces superiores de ambos ríos: el cauce superior del río Dulce, donde -apenas roto el cerco de Santiago del Estero- fundan Ibatín en 1565 (la primera ciudad de Tucumán), y también el cauce superior del río Salado donde pueblan Cáceres, que en 1567 será legalizada con el nombre de Talavera de Esteco. Es decir, las zonas de asentamiento de las tres poblaciones españolas estables que persisten durante el extenso período en que los españoles pierden el control de las tierras altas. Tomando esas zonas como base para el avance, unos 15 años después fundarán Salta (1582), la primera ciudad estable en zona en conflicto con los indios sublevados, mientras años antes -y eludiendo ese problema- ya fundaron Córdoba (1573).
La ampliación del área estudiada en mis anteriores investigaciones, que ha sido siempre Santiago y la “mesopotamia santiagueña” (Palomeque, 1991, 1992, 2000), el hecho de comenzar a preocuparme también por Esteco, Ibatín y Madrid, se dio a medida que analizaba la serie de los diezmos recaudados por el Obispado del Tucumán en la última década del siglo XVI, buscando comprender sus oscilaciones. Más aún, fue preciso ampliar el período analizado para compararlos con otros datos sobre diezmos de fines del siglo XVII y primera mitad del siglo XVIII.
La serie de diezmos del Obispado del Tucumán que cubre el período 1590 a 1601 en sus montos totales, y que está desagregada por jurisdicciones para los años 1591 a 1601, la localizamos en el catálogo de Raúl Molina (1955:585) de los documentos del Archivo General de Indias de la Colección García Viñas depositada en la Biblioteca Nacional (en adelante BN y CGV). Esta serie de diezmos nos permitirá completar los datos sobre diezmos que constan en las Actas que aquí publicamos. Para poder comparar sus valores con los de años posteriores hemos consultado las referencias sobre la representación porcentual de los diezmos del Tucumán para 1691/92 citadas por Garavaglia (1987:27) y los montos globales o específicos para Córdoba para el siglo XVIII citados por Arcondo (1992:45-49) .
En el siguiente cuadro presentamos los datos cuantitativos originales que constan en la CGV sobre los diezmos del Tucumán para el período 1590/1 a 1600/1. Hemos ordenado las ciudades de acuerdo al orden de su fundación definitiva, incluyendo entre paréntesis los años de las mismas:

Diezmos recaudados en el Obispado del Tucumán, 1590/1 a 1600/01
Valores en pesos
Santiago
(1553) Tucumán
(1565) Esteco
(1567) Córdoba
(1573) Salta
(1582) Rioja
(1591) V.Madrid
(1592) Jujuy
(1593) Total
1590/1 6495
91/2 2300 1330 1125 1000 1200 6955
92/3 2700 1150 1550 1100 1600 8100
93/4 2200 900 1300 800 1500 300 7000
94/5 2200 750 900 820 1150 290 6110
95/6 2000 1130 1030 880 900 -220 410 300 6533
96/7 1700 1100 1150 950 1660 470 300 6730
97/8 2109 1000 1250 950 1200 620 400 7529
98/9 2008 1400 1500 1400 1220 454 860 400 9242
99/1600 1910 1500 1230 1500 1500 454 1350 350 9794
1600/1 2036 1320 1200 1700 1750 510 1650 450 10616

Para comenzar su análisis, lo primero que hemos hecho es agrupar los datos de Salta y Jujuy, en tanto por investigaciones anteriores conocemos que para estos años corresponde que así sea, ya que los primeros pobladores de Jujuy son algunos vecinos de Salta, y que Jujuy se funda sobre tierras que ya estaban repartidas entre ellos en el valle de Jujuy y en la Quebrada llegando hasta Purmamarca (Palomeque, 2003:18, basándose en Vergara, 1961:114-130). Cabe señalar que antes de esta fundación, en 1588 o 1589, los españoles del Tucumán invaden la zona de indígenas de Puna, pero eso no significa que el Obispado del Tucumán haya logrado cobrar los diezmos de Puna ni de la parte media y superior de la Quebrada. El avance sobre estas tierras se realiza en zonas donde los indígenas ya estaban en paz, con religiosos en sus pueblos y tributando a sus encomenderos que eran vecinos de la Audiencia de Charcas y, en consecuencia, hacia esa circunscripción eclesiástica siguieron fluyendo sus diezmos (Palomeque, 2003 ).
A continuación presentamos la gráfica que surge de los datos anteriores y de la mencionada agrupación de Salta y Jujuy:

En primer lugar, de la información expuesta se desprende que en los primeros años, lógicamente, hay una relación directa entre el monto de los diezmos y el tiempo de consolidación de la presencia española en cada jurisdicción. Esto se comprueba al observar su monto durante el primer año (1591/2) donde la recaudación más alta corresponde a Santiago (1553) y luego a Tucumán/Ibatín (1565), Esteco (1567) y Córdoba (1573), aunque esta tendencia no siempre es válida ya que en Salta -de fundación más tardía (1582)- se recaudan diezmos casi tan altos como los de Tucumán/Ibatín.
En segundo lugar, el monto total de los diezmos es inestable y con cierta tendencia a la baja hasta 1594/5, fecha a partir de la cual se estabilizan para comenzar un constante incremento a partir de 1597/8, donde todo indica que se habrían solucionado los problemas anteriores. Este repunte es tal que la recaudación total del último año (1600/1) es un 52,3% más alta que la de 1591/2, lo cual estaría indicando que se ha perfeccionado el sistema de recaudación, que la producción es mayor o que la misma ha alcanzado mayor valor unitario en el mercado.
La inestabilidad y decadencia de los diezmos durante la primera mitad de la década bien puede ser considerada como una consecuencia del largo período de campañas militares previas (casi medio siglo), de las cuales las últimas son las de Ramírez de Velazco hacia Valles Calchaquíes y Puna en los años 1587 y 1588, que continúan en el año 1590 cuando finalmente logran fundar las ciudades de La Rioja (1591), Madrid (1592) y Jujuy (1593) cerrando el cerco sobre las poblaciones insumisas de Valles Calchaquíes. También es posible que estén reflejando la gran mortalidad indígena ocurrida a lo largo de este medio siglo o aún antes (Pucci, 1998 ) pero más aún la gran peste general del año 1590, ocasionada por una epidemia de viruelas que afecta tanto a Charcas como al Tucumán (CVG, 2935). Sobre estas pestes generales se explaya el Teniente de Gobernador de Esteco en su informe de 1608, cuando entiende que las pestes son una de las causas de la decadencia de su ciudad, entre otras. Él expresa: “...Esta ciudad despues de su fundación ha ido en disminucion a causa de que a avido dos pestilencias generales, que se han muerto mucha suma de indios. Y eran las pestes: la una llaman los naturales Lipe-Lipe que en dándoles se caian.... muertos y la otra viruela y sarampión de que murieron muchos indios... españoles y mestizos...”. (BANB, CACh 630, f.13 ).
A su vez, la bonanza que se observa a partir de 1597/8 debería ser entendida como resultado del período de paz que se inicia luego de haber rodeado, cercado, la zona sublevada en Valles Calchaquíes con una cadena de ciudades. En general, gracias a la paz lograda luego de un largo período de enfrentamientos, todo indica que para los primeros años del siglo XVII la región goza de una estabilidad y bonanza creciente, pero también nos indica que la misma afecta de manera desigual a las distintas jurisdicciones, en varias de las cuales ya se nota el inicio de problemas en sus diezmos.
En lo que hace a Santiago del Estero en particular, si uno deja de lado los problemas del salitre que brota y de las inundaciones que derrumban las casas, los inicios del siglo XVII aparecen como una época de relativa bonanza si se observa el incremento constante del valor de los oficios vendibles, en su población , en su producción de trigo, maíz, cebada, garbanzos, vides, etc. en las chacras de españoles cercanas a la ciudad y que cuentan con ganados vacunos y ovinos. (1608, Pérez y Osan, s/f:4-5)
En el siguiente gráfico podemos observar la participación que a cada jurisdicción le corresponde en la masa total del diezmo durante todo el período 1591-1601. Además de Salta y Jujuy, hemos optado por unificar dos jurisdicciones más: una ciudad antigua, Talavera de Esteco (1567) y otra nueva, Madrid de las Juntas (1592), debido a varios criterios que nos indican que así corresponde. El primero es que ambas se localizaban en las tierras cálidas por donde corre el río Salado (Madrid más cercana a las nacientes que Talavera), el segundo porque desde Esteco partió la mayor parte de los vecinos que poblaron Madrid (ABNB, CACh 630) , y el tercero porque en el año de 1609 se trasladaron los vecinos de Esteco hacia Madrid conformando una sola población llamada Nuestra Señora de Talavera de Madrid o Esteco (Bruno, 1961:490). Sin duda el traslado se debió a la decadencia de Talavera de Esteco producida, según el Informe de 1608 que antes mencionamos, por la mortalidad de sus indios, el paulatino abandono de la ciudad por parte de 12 de sus vecinos y el cambio de la ruta hacia Charcas. Esta ruta que antes pasaba por Santiago del Estero, Esteco y Salta, en la década de 1590 comunicó directamente Santiago con Salta pasando por Madrid, acortando el número de leguas al acercarse al piedemonte. Este cambio en la ruta, obedeció sin duda, a la paz lograda en los caminos gracias las campañas militares que culminaron en esos años.
Antes de pasar al gráfico, también corresponde caracterizar las zonas donde se asientan estas ciudades y sus funciones.
A lo largo de los valles por donde corren los dos grandes ríos, el Salado y el Dulce, tenemos en primer lugar a Santiago del Estero que es el primer asentamiento sobre el río Dulce, en la parte en que éste se acerca al Salado. La población colonial de Santiago es la que se expande hacia la cuenca superior del río Dulce con la fundación de Ibatín/Tucumán. En el río Salado, aguas arriba de la jurisdicción de Santiago se funda Esteco, y desde allí nuevamente los españoles se expanden hacia el curso superior del Salado con la fundación de Madrid. Tanto la población colonial de Santiago como la de Esteco -ambas localizadas en zonas cálidas que actualmente se denominan llanura chaqueña- se expanden hacia zonas ubicadas en los cursos superiores de sus respectivos ríos, situando las nuevas ciudades aún en zonas cálidas pero ya en la zona de transición entre las sierras y la llanura chaqueña, como si quisieran acceder a la zona serrana pero sin lograrlo. Es decir, que tanto Santiago como Tucumán/Ibatín, Esteco y Madrid están localizadas en zonas cálidas, bañadas por los ríos más importantes de la región. Durante largos años la mayor parte de los recursos necesarios para la expansión hacia otras zonas provendrá de estas zonas del Dulce y del Salado.
Otras tres ciudades están ubicadas en los valles más cercanos al piedemonte de las cadenas montañosas o en las quebradas cercanas a los indios sublevados: Salta, Jujuy y La Rioja, cuyo asentamiento y consolidación es más tardío. Controlar el valle de Lerma, los valles bajos cercanos a Jujuy, la Puna y la Quebrada ocupará toda la década de 1580 e incluso los primeros años de la del 90. La Rioja, situada al oeste de Santiago del Estero casi en línea recta, es un naciente enclave militar en la década del 90, ubicado en la boca de una quebrada, que controla la salida de los valles sublevados pero difícilmente logra expandirse hacia ellos.
Más al sur, y ya cruzando las áridas salinas, se encuentra Córdoba asentada en el piedemonte oriental de unas antiguas sierras bajas y aisladas, de suelo fértil, con terreno firme, buenos arroyos, y con un clima más parecido al de España según los relatos nostálgicos de la época. Fundación conflictiva, con recursos de vecinos santiagueños en acuerdo con grupos de Charcas, quienes buscaban consolidar un asentamiento en la ruta que les permitiera la salida directa al Atlántico, también deseada por los vecinos de Chile. Esta fundación respondió más a los intereses de la comunicación mercantil que al conflicto con las sociedades indígenas de tierras altas.




















En el gráfico construido en base a la suma total de los diezmos durante la última década del siglo XVI, a simple vista, puede observarse que los diezmos de Santiago del Estero son los más cuantiosos (26%), seguidos de los de Esteco/Madrid (23%), Salta/Jujuy (20%), Tucumán-Ibatín (15%), Córdoba (14%) y La Rioja (2%). Pero si agrupamos a las ciudades de acuerdo a los criterios anteriormente explicitados, advertimos que aquellas ciudades situadas en las tierras cálidas bañadas por los ríos Salado y Dulce (Santiago, Ibatín, Esteco y Madrid) aportan el 64% de los diezmos, es decir que son la base económica del asentamiento colonial en la Gobernación del Tucumán.
También, con preocupación, puede observarse que si bien concentran la mayor parte de los recursos, según los diezmos, aquellos están comenzando a agotarse. Cruzando este gráfico con los datos del primer cuadro, se observa que, mientras la tendencia general es al alza, los diezmos de Santiago del Estero presentan una lenta decadencia a lo largo de la década, los de Esteco y Tucumán se mantienen estables y los únicos que crecen notoriamente son los de Madrid, reflejando claramente que la tendencia a la decadencia se acentúa cuanto más sean los años de asentamiento español en cada jurisdicción. Es justamente el carácter de fundación reciente de Madrid y los altos diezmos que recauda, lo que más nos alerta sobre la existencia de un tipo de acceso y control de los recursos muy exitoso en el corto plazo, pero con tendencias hacia la destrucción de los mismos en el mediano plazo.
Para el período posterior al que abarcan las Actas aquí publicadas, más específicamente para el año 1691/2, contamos con la distribución porcentual de la masa total de diezmos del Tucumán calculada por Garavaglia (1987:27). Si bien no constan sus valores absolutos, a través de una cita de Arcondo podemos saber que el monto total de los diezmos a fines del siglo XVII es muy parecido al de fines del siglo XVI. Según Arcondo, antes que el Obispo Mercadillo se hiciera cargo del Obispado (1698), los diezmos de todo el Tucumán alcanzaban a 11.000 pesos (casi lo mismo que un siglo atrás, ya que en el año 1600/1 llegaron a 10.616 pesos).















Al comparar las dos últimas gráficas pueden advertirse los profundos cambios que sufre la región del Tucumán a lo largo del siglo XVII los cuales, a nuestro entender, son una secuela del desgaste producido durante el proceso de invasión y conquista del siglo XVI que, como veremos, continúa durante el siglo XVII, por lo menos hasta la segunda mitad de la década de 1660.
En este sentido, es preciso marcar que a fines del siglo XVII se observa que -de las antiguas poblaciones asentadas a lo largo de los cauces de los ríos Salado y Dulce- la única ciudad que persiste es Santiago del Estero, cuyos diezmos han disminuido tanto que pasaron de ser los más importantes en 1591-1601 (26%) a convertirse en los de menor incidencia, representando en 1691/2 apenas el 7% del total.
En 1691/2 ya no existe Nuestra Señora de Talavera de Madrid o Esteco situada en el emplazamiento de la antigua ciudad de Madrid, hacia donde se habían trasladado los vecinos de Esteco en 1609 y que para fines del período 1591-1601 era la más pujante de todas las jurisdicciones. A pesar de su localización en la ruta a Charcas, esta población del curso superior del Salado desaparece. Esta ciudad que en 1610 tenía 110 vecinos comienza a decaer, en 1662 es atacada por indígenas chaqueños y para 1671 sólo tiene 20 vecinos. Posteriormente, es convertida en un presidio y finalmente destruida por un terremoto en 1692. (Bruno, 1966)
Tampoco Tucumán es la antigua Ibatín situada en el curso superior del río Dulce que aportaba un 15% de los diezmos. La ciudad original ya no existe, sus vecinos se trasladan a su emplazamiento actual (La Toma) en 1685, a nuestro entender un ambiente semejante, debido a inundaciones y enfermedades tropicales y a la búsqueda de un lugar más favorable para la inserción mercantil que vinculara la nueva ciudad al centro minero de Charcas. (Noli, 2004) La nueva Tucumán tiene una participación muy escasa en la masa de los diezmos de fines del siglo XVII, donde sólo alcanza el 11% del total.
Es decir, los antiguos asentamientos ubicados en las zonas de los ríos Salado y Dulce (Santiago, Ibatín, Esteco y Madrid), que a fines del siglo XVI aportaban el 64% de los diezmos, un siglo después han desaparecido o se han trasladado. De ellos sólo queda Santiago del Estero con su escaso aporte del 7% que sólo alcanzaría un 18% si incluyéramos a la nueva Tucumán.
Por el contrario, las ciudades que lograron expandirse en las tierras altas, han incrementado su participación en la masa decimal. Para 1591-1601 Salta, Jujuy y La Rioja, en su conjunto, alcanzaban un 22% del total de los diezmos. Casi un siglo después, incorporando la ciudad de Catamarca, todas ellas suman el 40% de los diezmos de la jurisdicción. Su bonanza a fines del siglo XVII, si bien marca el éxito de los conquistadores en el avance hacia las tierras de Valles Calchaquíes, de regadío y tan fértiles, no debe hacernos olvidar que estamos ante una situación relativamente reciente que sólo ha logrado consolidarse a fines de la década de 1660. Según nos informan las Actas, los vecinos de las jurisdicciones de Santiago, Esteco, Tucumán, Salta, Jujuy y La Rioja enfrentan grandes quebrantos en los años 1632-34 durante el período inicial de la rebelión calchaquí (1630-1643) y que similar o peor situación enfrentan en la siguiente rebelión (1658-1664). (Lorandi, 2000:305ss, 319ss)
Los diezmos de Córdoba a lo largo del siglo son los que más aumentan, pasando del 14% entre 1591-1601, a un notable 42% en 1691/2. Asimismo, cabe suponer que en años anteriores, mientras duró la resistencia indígena en Valles Calchaquíes, debieron tener mayor importancia en relación al conjunto. Puede desprenderse de las Actas que los diezmos de esta jurisdicción habían crecido notablemente para 1627, cuando se menciona que totalizaban 4200 pesos, una cifra muy alta en comparación con los 1700 pesos del año 1600. Para años posteriores se observa que su incremento es constante y que hay años en los cuales los diezmos llegan a alcanzar los 6000 pesos. Cabe señalar que este crecimiento se interrumpe, ya fuera de nuestro período de estudio, en tanto comienzan a descender en la primera década del siglo XVIII y se reducen notablemente en la segunda década, al igual que los diezmos de toda la Gobernación, que en esos años caen a la mitad de su valor habitual.
El reforzamiento de la economía de Córdoba que nos señalan las cifras de los diezmos concuerda con los estudios de la economía regional realizados por Garzón Maceda (1968) y Assadourian (1982), quienes nos señalan que durante el primer período (desde fines del siglo XVI hasta 1610 aproximadamente) la región se especializó en la producción de textiles de algodón basándose principalmente en la sobreexplotación de los pueblos de indios, al igual que en el resto de las jurisdicciones de la Gobernación del Tucumán. La gran mortalidad de la población indígena y las tierras desocupadas en consecuencia, permitió u obligó a organizar una segunda especialización productiva regional, orientada hacia la producción de mulas que eran vendidas en el mercado minero altoperuano. Estas mulas, escasas pero de altísimo valor unitario a principios de siglo, comenzaron a ser producidas en forma creciente a medida que fueron bajando sus valores unitarios, hasta que la crisis minera que orientaba el ritmo de sus precios hizo que el precio de venta se acercara al de producción y se interrumpieran las exportaciones, precisamente en el período de principios del siglo XVIII revisado por Aníbal Arcondo.
La solidez del asentamiento español en Córdoba y el conjunto de intereses de las elites regionales que están aliadas detrás del mismo, se percibe claramente en 1608 en ocasión de una consulta del Consejo de Indias sobre la conveniencia de la dependencia de la Gobernación del Tucumán y la del Paraguay, en lo judicial, de la Audiencia de Santiago de Chile. Ante la consulta, tanto el Gobernador Alonso de la Rivera como el Obispo Trejo se opusieron, pero el Obispo fue más allá al proponer la creación de una Audiencia con sede en Córdoba (CVG, n° 3885 y 3951). Esta propuesta de Trejo toma un sentido más amplio cuando se observa que en el mismo año el Padre Juan Romero, Viceprovincial de la Compañía de Jesús, recibió un poder de los vecinos de las ciudades de Buenos Aires, Córdoba y Santiago del Estero, por el cual lo autorizaron a gestionar en España el establecimiento de una Audiencia en Córdoba y también a solicitar autorizaciones para el comercio con Brasil y el abastecimiento directo desde España. En el mismo año se le otorgaron otros poderes por parte de los vecinos de Córdoba y Santiago del Estero que no se han conservado, pero se estima que incluían los mismos temas. (Furlong, 1936)
Si bien sería necesario un mayor desarrollo de las investigaciones sobre el conjunto de las elites de las distintas jurisdicciones, los datos consultados nos permiten suponer que esta especie de acuerdo general sobre la centralidad de Córdoba parece haberse roto en la década del 30 en ocasión de la primera sublevación de los calchaquíes. En estos años se observa el escaso interés de parte de los vecinos de Córdoba en colaborar con las invasiones hacia las tierras altas andinas, tan alejadas de sus fronteras pero también de sus derechos a las encomiendas de indios ya distribuidas entre los vecinos de las otras jurisdicciones del Tucumán. Esta actitud los llevó a enfrentamientos internos y con otros vecinos de la Gobernación, que pueden advertirse cuando en 1634, desde Salta, el Gobernador del Tucumán informa y denuncia a la Audiencia de Charcas que con motivo de la sublevación indígena todos los vecinos de su provincia han acudido a su convocatoria, pero que no lo han hecho los ricos vecinos de la ciudad de Córdoba, “... siendo aquella ciudad la más rica de esta provincia y sus vecinos los que mas utilidad y aprovechamiento han sacado de sus indios ocupandolos.... en poblaciones de estancias, trajines al puerto de Buenos Aires, guardas de crías de vacas, de mulas y de ganados mayores, carreterías y en obrajes de sayales y cordellates, sementeras y servicios de casas...”. (BANB/CACh, 943)
En la siguiente sublevación, la de la década del 60, los vecinos de Córdoba sí participaron en la entrada, pero de las Actas se desprende que lo hicieron luego de haber negociado el acceso a los indios capturados en valles Calchaquíes y posteriormente extrañados hacia distintas jurisdicciones y yanaconizados en sus estancias ganaderas. En las Actas de 1666 se informa que los indios extrañados que hay que catequizar son 200 en Santiago, 140 en Esteco, 150 en Salta, 180 en La Rioja, 160 en Catamarca y 260 en Córdoba (la cantidad más importante).
Pocos años después del control de la última sublevación, para 1671, luego de la disolución de la Audiencia que funcionó en Buenos Aires desde 1661 a 1671, debido a que “...no han resultado los efectos ... que dieron motivo a su ereccion...”, desde España consultan a la Real Audiencia de Charcas sobre la conveniencia de reinstalar esta Audiencia en Córdoba “... que es la mas principal de aquellas provincias...”, para atender los problemas del Tucumán y de Buenos Aires para los que había sido creada la anterior Audiencia (BANB, R.C.497). Si bien desconocemos la respuesta y los posibles debates, que esta propuesta no haya funcionado es un indicio de que ya no existía el consenso de principios de siglo y que, paralelamente, se seguía confirmando el lugar de Córdoba como punto de comunicación -y también de tensión- de las relaciones entre el Tucumán y Buenos Aires. Cabe mencionar que en esos años también comenzó a discutirse el traslado de la sede del Obispado hacia Córdoba.
En síntesis y recuperando el problema inicial, a medida que avanza el siglo XVII las Actas muestran problemas en los diezmos de todas las jurisdicciones con excepción de Córdoba, aunque siempre estos problemas van de la mano de las sublevaciones indígenas y de los esfuerzos por controlarlas, lo que finalmente se consiguió a fines de la década del 60. Pero también hay que aclarar que el relato de problemas y de decadencia no oscila de acuerdo a las sublevaciones, sino que es constante en Santiago, y crece a medida que el Obispado va dependiendo cada vez más de los ingresos que le proveen los diezmos de Córdoba. A esta decadencia de Santiago hay que sumar la desaparición o traslado de las otras ciudades situadas en los cursos de los ríos Salado y Dulce, de todo lo cual desprendemos que los diezmos de estas jurisdicciones han mermado en aras del crecimiento de los de las otras zonas, sobre todo tras el esfuerzo de conquistar las más valiosas tierras altas de lo que antes era el Tawantinsuyu.

Las tierras bajas y su destrucción

¿Hasta dónde la crisis de los diezmos es de las empresas mercantiles españolas solamente o también implica la destrucción de recursos y de sociedades prehispánicas? Todas las referencias de las Actas sobre la recaudación de diezmos aluden a las ciudades y sus jurisdicciones y a sus “estancias”, y sospechamos que en ningún momento hacen mención a otro tipo de unidad productiva. Gracias a Arcondo (1992:46) sabemos que en los diezmos que hemos analizado no se incluyeron los correspondientes a las estancias y haciendas jesuíticas, que recién comenzaron a pagar a partir de 1689 una suma fija anual de 600 pesos (400 pesos por Córdoba, 50 pesos por el Colegio, 60 pesos por Tucumán, 30 pesos por Salta y 60 pesos por La Rioja). Aparte de esto, no hemos encontrado estudios sobre los diezmos de las diócesis del Tucumán o de Buenos Aires donde se indague sobre los cambios en el tipo de unidades de producción o productos afectados, como si se considerara que éstos son constantes. Queda pendiente, por lo tanto, un estudio específico sobre el tema. Del conjunto de los datos y transitoriamente podría desprenderse que en este período los diezmos recaudados están reflejando tendencias sobre el valor de mercado de la masa global de productos originados en las empresas mercantiles de los colonizadores, aunque cabe estudiar hasta dónde estos cobros pueden haber afectado a pequeños productores campesinos e indígenas.
¿Detrás la decadencia de los diezmos está la destrucción de los recursos de las zonas bajas? A nuestro entender, sí, y la destrucción afecta no sólo a la población y relaciones sociales de las antiguas sociedades indígenas como en el resto de las colonias españolas sino que, para este caso en particular, el asentamiento español ha resultado especialmente destructivo de las productivas formas antiguas de manejo de los recursos. Los emplazamientos españoles en el Tucumán se realizaron en estas tierras llanas y cálidas porque el derrumbe del Tawantinsuyu desestructuró sus lazos con las sociedades indígenas de puna y valles; debido a esto los españoles no pudieron continuar con su política de superposición de sus asentamientos coloniales sobre las sociedades andinas de las tierras altas. Los colonizadores se vieron obligados a asentarse en lugares llanos y cálidos, no deseados e imprevistos, y en ellos se aliaron a las sociedades indígenas preexistentes continuando con las tradiciones previas de alianzas entre los grupos locales y el imperio inca (Palomeque, 2000).
¿Por qué insistimos tanto en hablar de tierras bajas en lugar de mantener el criterio habitual de mencionar a los indígenas de Santiago del Estero o de la mesopotamia santiagueña?
Entendemos que sociedades similares a las de la mesopotamia santiagueña, quizá con menor densidad poblacional y menos espacio inundable, eran las existentes en los cursos superiores de los ríos Dulce y Salado. Investigaciones recientes (Pärssinen, 1992:128) confirman la presencia inca también en estas y otras zonas cálidas y bajas situadas hacia el oriente de las tierras altas, y también que las relaciones de dominación con los incas eran más laxas o flexibles que las habituales. La posible frontera este del Tawantinsuyu en el Tucumán abarcaba este tipo de zonas bajas, que serían las ubicadas al oeste de una línea que parte desde el Chorro (actual General Mosconi, al noreste de Salta) y baja por el río Salado hasta la altura de las Salinas ubicadas al sur de Santiago del Estero (Pärssinen, 1992:119, 128).
Todos los cronistas coinciden en que los tonocotes eran sociedades agrícolas aldeanas, en frecuentes conflictos con los lules -también agricultores pero de asentamiento mucho más inestable- y que en general las sociedades indígenas de Esteco en poco se diferenciaban de las del río del Estero. Además, la población prehispánica de Esteco compartía la misma lengua de otros pueblos del Salado y de gran parte del río Dulce, cuya distribución espacial es muy interesante en tanto cubre casi todo el espacio de nuestro interés. “La lengua tonocote que hablan todos los pueblos que sirven a San Miguel de Tucumán y los que sirven a Esteco, casi todos los del río Salado y cinco y seis del río del Estero”. (Barzana, 1987:252)
El valle de “Esteco” -ése era su nombre indígena- fue de ocupación española muy temprana y es muy posible que sus pueblos hayan sido parte de la misma alianza hispano-indígena temprana que se dio con los pueblos de la mesopotamia santiagueña. Según Cieza (1987:177), para el período del Presidente La Gasca, este valle ya había sido recorrido por Francisco Villagra y su hueste. Cieza señala que éste era uno de los recorridos habituales de los conquistadores que, luego de bajar por Humahuaca, pasaban por una zona donde había sociedades indígenas que “...se sustentan solamente de caza...” (Maíz Gordo?), antes de entrar al valle de Esteco, que tendría “unas cuarenta leguas valle abajo”. Incluso ya antes de la fundación de Cáceres, Aguirre había distribuido el trabajo de sus indios entre los encomenderos de Santiago. (Levillier, 1920:45).
Volviendo a nuestra inquietud inicial, ¿por qué tienden a agotarse los recursos de estas zonas bajas que, según Barzana, eran un vergel con gran densidad de población? Sin duda alguna, tal como dice Barzana, la población indígena de Santiago del Estero y Esteco era muy densa y éste es el principal recurso prontamente destruido durante la conquista de los españoles, no sólo por las pestes y los saqueos de comidas y cosechas, sino también por la guerra mantenida en las “entradas” donde los indígenas acompañaban a la hueste como aliados, por los maltratos infinitos a que los sometían, por la mala alimentación, por el exceso de trabajo, por enviarlos a otras jurisdicciones, etc., tal como lo ha sintetizado Pucci (1998) y ya se ha planteado en varias investigaciones. Pero cabe remarcar que, al igual que en otras zonas coloniales, la catástrofe demográfica también implicó la desestructuración de la organización social indispensable para el manejo de ciertos recursos ambientales particulares y caracterizados por su fragilidad.
Entendemos que la persistencia del manejo de los recursos ambientales de la mesopotamia santiagueña hasta principios de siglo XX que analizamos hace años (Palomeque, 1991, 1992), sólo es una forma parcial y modificada de las óptimas relaciones hombre-ambiente del período prehispánico. En esta oportunidad recuperaremos las conclusiones de la anterior investigación, donde nos basamos en el resultado de investigaciones arqueológicas de la década de 1970 de Ana María Lorandi, en cronistas, religiosos y funcionarios como Abreu, Alfaro, Barzana, Bibar, Cieza, Fernández y Sotelo, relatos de viajeros y funcionarios del siglo XVIII y XIX y estudios geográficos de los siglos XIX y XX como los de Fazio, Gancedo y Denis. A ellos agregaremos principalmente las referencias brindadas por los Informes de Santiago y de Esteco para 1608, al igual que la síntesis de las investigaciones arqueológicas publicada recientemente, aunque en la misma observamos que no hay nuevos trabajos sobre la zona de nuestro interés (Laguens y Bonnin, 2000). También en esta síntesis se observa que en general se sigue con el recorte espacial anterior del área de la “mesopotamia santiagueña”, aunque se la denomine “la llanura santiagueña”, sin incorporar en ella a las poblaciones de los cursos superiores de los ríos Dulce y Salado.
La mesopotamia santiagueña es un amplio territorio que comienza a la altura de la ciudad de Santiago actual. Es una llanura casi sin pendiente, en parte de unos 100 km. de ancho, bordeada por los ríos Dulce y Salado. Esta planicie, en el período colonial tardío, antes de la destrucción de los bosques y de la construcción de los diques, se inundaba completamente durante los meses en que las crecientes de los ríos desparramaban sus aguas, depositando también los restos orgánicos que arrastraban en su largo recorrido. La llanura no estaba deforestada como en la actualidad, sino que se encontraba cubierta de grandes árboles de alto valor económico entre los cuales el principal era el algarrobo, del que se obtenía alimento de sus frutos y también su rala sombra posibilitaba el cultivo en estas zonas durante las altas temperaturas estivales.
Alrededor de la zona inundable continuaban las zonas boscosas de gran importancia para la población indígena y campesina, que complementaban su dieta en base a la caza y recolección en años de inundación o que eran su única fuente de recursos en los años de sequía. Existían diferencias entre las zonas más cercanas a los dos ríos: la parte cercana a la costa del río Dulce era más boscosa y más apta para la agricultura de bañados, mientras que en la costa del río Salado la conformación menos densa del bosque y la presencia de algunos terrenos más altos y protegidos de la inundación, permitían que junto a los cultivos de pantanos, se practicara también el cultivo de temporal y una actividad ganadera más intensa.
La actividad agrícola combinada con el acceso al bosque era muy importante. Lo habitual era una combinación anual donde la agricultura predominaba sobre la caza y recolección, pero había también períodos frecuentes donde esta relación se invertía. Esto se debía a que los ciclos climáticos agudos eran frecuentes, si bien la inundación era lo normal y esperable, a lo largo de la vida de una persona se daban varias sequías, que venían acompañadas de plagas de langostas y que obligaban a basarse en los recursos de bosque casi con exclusividad.
Los terrenos del bañado, cuando el río los inundaba, tenían la característica de ser móviles y requerir el constante trabajo para ser productivos, ya que no toda la zona inundable era cultivable, sólo lo eran los terrenos de ubicación cambiante donde la creciente depositaba el limo y eran necesarios trabajos constantes de drenajes para que no se salinizaran los terrenos donde la creciente dejaba arenas estériles. Las técnicas de cultivo en terrenos de inundación requerían mucho trabajo, no sólo para evitar la salinización y por el desplazamiento del sitio de cultivo, sino porque también era necesario el traslado de las casas de los habitantes o su protección. Según Denis, en estos cultivos que parecían jardines, “...La creciente se inicia... durante los meses de noviembre y diciembre... Una parte de las viviendas es evacua¬da, otras son rodeadas por muros de tierra que se elevan de hora en hora... cuando el lodo ha tomado suficiente consistencia, se labra y siembra el trigo que germina durante el invierno y se cosecha en noviembre de prisa, por temor de que la nueva cre¬ciente lo encuentre todavía en pie...”. (Denis, 1987:138)
En síntesis, la reconstrucción de las condiciones ambientales a fines del período colonial nos permitió observar que en la mesopotamia santiagueña se daba un sistema de cultivo intensivo basado en inundaciones y fertilizaciones periódicas y en una muy buena adaptación al ambiente y sus posibilidades. Esto implicaba el uso de una alta cuota de energía, debido a los cortos períodos de siembra y cosecha, la necesaria traslación de campos de cultivos y también de habitaciones, o al menos su protección frente a las inundaciones. El acceso a los recursos del bosque permitía una mayor fertilización y sombra para los cultivos, al igual que alimentos para los oscilantes períodos climáticos donde las sequías eran frecuentes.
Estamos frente a un cultivo intensivo de fértiles campos móviles inundados, con combinación frecuente y oscilante de caza y recolección. Desde fines del período colonial hasta principios del siglo XX, este tipo de cultivo fue poco mencionado, quizá porque sus productores directos eran la población indígena y campesina localizada al sur y sureste de la ciudad de Santiago. Aguas arriba del río Dulce, alrededor de esta ciudad, se desarrollaba otro tipo de agricultura muy valorada, de quintas y chacras que accedían al agua en forma estable gracias a las acequias que permitían su riego y tomaban el agua del curso superior del río.
La forma de acceso a los recursos en la zona inundable parece ser la misma que existía durante el período prehispánico. Según Lorandi, antes que llegaran los españoles la mayor densidad de población se asentaba en “...las zonas deprimidas donde los cauces fluviales divagantes forman una compleja red de canales de agua permanente que permite una agricultura por inundación favorecida por endicamientos que se utilizaron como reservorios naturales de agua... El asentamiento típico se realizó sobre montículos artificiales para proteger las viviendas de inundaciones y el lodo que estas depositaban en las orillas... se trata de sociedades básicamente de cazadores y recolectores que alcanzan el carácter de una economía mixta con el aporte de la agricultura de maíz, zapallos y porotos...”. (Otonello y Lorandi, 1987:92) También en general se acepta que el manejo local de los recursos, los sistemas de drenaje, etc., deben haberse perfeccionado durante el período del Tawantinsuyu, con el que las sociedades indígenas santiagueñas mantuvieron muy buenas relaciones, colaborando en el control de la frontera chaqueña y de los pueblos de valles Calchaquíes. (Laguens y Bonnin, 2000)
Pero es sólo la apariencia; la continuidad a fines del período colonial y siglo XIX sólo es parcial. La zona de la “mesopotamia” de los siglos XVIII y XIX se iniciaba en el río Dulce, justo al sur de la ciudad de Santiago del Estero, en la parte donde las barrancas del río se volvían más bajas, y en consecuencia la ciudad quedaba situada aguas arriba. Es desde esta ciudad, lugar de asentamiento de los vecinos encomenderos que se beneficiaban del trabajo indígena, donde se produce lo que a mi entender son los dos cambios ambientales principales, que consisten en el monopolio del agua y en el asentamiento permanente. El primero es el más disruptivo para el ambiente en la zona inundable, y el segundo es lo que solemos llamar comúnmente “el castigo de los dioses” para los invasores.
El monopolio del agua se daba a través de la construcción de una acequia principal y, paulatinamente, de otras secundarias, con las que se regaban las chacras que rodeaban la ciudad, todas ellas de propiedad de los españoles. Mientras todas las referencias hablan de la acequia como una construcción española y no indígena, el Informe de 1608 brinda más detalles, al mencionar que la ciudad consistía en cuatro cuadras por cinco, con una plaza en el centro, que “no tiene arrabales porque, en saliendo de la ciudad entra el campo: por una parte se va a tomar al río y por la otra salida a la acequia principal, donde están las chácaras para el sustento de los vezinos della....”. Para estos años el accionar humanista de algunas autoridades, religiosos o particulares ya había logrado cierto alivio para los indios que antes molían el trigo a mano y, desde el período del Gobernador Alonso de la Rivera, se contaba con un molino “que muele con el agua de la asequia principal y el agua con que muele se aprovecha en el riego de las chácaras y otros efectos”. (Pérez y Osan, s/f:4) Aparentemente quien hizo esta acequia fue el Gobernador Abreu, o al menos eso es lo que señala en una carta que le escribe a Toledo en 1577, orgulloso de haber podido controlar el curso superior de las aguas en beneficio de los vecinos: “...He sacado una acequia principal para riego de sementeras tardias y hecho repartimiento dellas ques ymportante cosa por questas son las que ynchen la tierra por ser las mayores y las que quando faltan hazen mas falta por ques por falta de los temporales ques al tiempo de las aguas y asi estan proveydos de riego para todos tiempos...”. (Levillier, 1920:58)
Con todos estos elementos, bien se puede desprender que si en un plano inundable, factible de salinización donde se acumulan arenas, se sitúa un asentamiento poblacional estable y además se entuba agua para regar zonas de cultivos que pasan a ser estables, las secuelas irreversibles serían:
- La modificación del sistema de inundación en el curso inferior, cuya zona fértil se verá reducida velozmente por falta de agua.
- El cambio en los comportamientos habituales de escurrimiento del agua, dejando obsoletas las antiguas obras de drenaje, y requiriendo nuevas obras justo durante un período de derrumbe de la población indígena y de desestructuración de los sistemas de organización políticos y sociales que permitían la realización de las obras colectivas. Es decir, imposibilidad de recuperar los sistemas de drenaje que parecen haberse perfeccionado durante el período de presencia incaica y un posible retorno a sistemas más simples, factibles de ser operados por unidades aldeanas o unidades domésticas. Todo este proceso termina por debilitar el denso asentamiento indígena en la zona del río Dulce, con lo cual el Salado pasa a ser el área de mayor preservación, tal como se expresa en el Informe de 1608 cuando se señala que la mayor población indígena se asienta sobre el Salado, cuando las referencias más tempranas indicaban una mayor concentración poblacional en las costas del río Dulce.
- La reorientación del ya escaso trabajo indígena hacia obras constantes de consolidación del curso del río a la altura de la ciudad y sus chacras (protección de barrancas), que permitan consolidar el espacio de asentamiento estable en una zona inundable inadecuada, en tanto todo asentamiento anterior era móvil y respetaba los movimientos del río.
- El recurso al trabajo indígena para el desembarrado de las acequias después de cada ciclo de inundación.
- La salinización constante de los territorios consolidados en tanto éstos son una especie de isla seca en un territorio inundable, con la consecuente subida de las capas freáticas en las paredes de casas que pretender ser estables pero que, al estar en esta zona, sólo pueden ser hechas con paredes de adobe y que tienden a derrumbarse con la humedad.
Finalmente, lo que -como dijimos- bien podría llamarse “el castigo de los dioses”. Es decir, la indefensión del asentamiento estable frente a los ciclos climáticos agudos que originan grandes crecientes, que en nada modificaban la vida de las sociedades prehispánicas de asentamiento inestable, pero que sí desestructuran y debilitan el asentamiento español consolidado. Nos referimos a las grandes inundaciones que si bien no eran constantes, parecen haberse dado quizás una vez en la vida de una persona. En las Actas y en el trabajo anterior hemos registrado varias grandes crecientes: las del río Dulce para 1627 y 1663, donde el río “hace madre en la ciudad” y se lleva gran parte de sus casas, la de fines del siglo XVIII cuando el río Salado cambia el curso uniéndose al Dulce durante varios años, la de 1825 donde el río Dulce se aleja hacia el oeste y corre por las Salinas hasta que, recién en 1901, otra gran creciente derrumba canales artificiales y el río Dulce retorna a su antiguo cauce.
En el Informe de Esteco de 1608 se constatan los problemas que también enfrenta el asentamiento español en esas zonas del Salado que, como caracterizamos antes, presentan bosques con árboles de mayor envergadura y con zonas de inundación más reducidas pero donde la mayor humedad permite un mejor desarrollo de la agricultura de temporal. En esta ciudad los españoles se apropiaron del agua construyendo una acequia que pasaba por el medio de la ciudad, pero muy velozmente tuvieron que bloquearla debido a que en sus casas comenzó a “criarse” el salitre, y tuvieron que reorientarla sólo para mover un molino que se les embarraba en cada crecida y para el riego de las chacras, obviamente de españoles y trabajadas por los tonocotes. “....Las casas no tienen ni huertas ni jardines ni fuente, y al principio cuando se pobló esta ciudad, de la acequia que riega las chácaras se traia agua a la ciudad por sus asequias y porque se criaba salitre y hacía daño a las casas la quitaron...”. (ABNB, CACh 630:f.14v)
Salitre en las casas que parecen derretirse, inundaciones increíbles que casi borran las ciudades, mortalidad indígena constante, son menciones frecuentes en los documentos, y hacia fines del siglo XVII también se añaden las ofensivas de los indígenas chaqueños con las cuales justifican los problemas de las ciudades de las tierras bajas. Estimamos que habiendo comenzado por un símbolo de la situación como fueron los avatares del edificio de la Catedral de Santiago y buscando su explicación a través del análisis de los diezmos, finalmente arribamos a una explicación más compleja de la situación, centrándola en la destrucción de los recursos ambientales y humanos de las sociedades indígenas de tierras bajas, que fueron las primeras aliadas de los españoles en su lucha contra las sociedades de tierras altas y en el control de la frontera con las sociedades de la zona chaqueña, lo cual también puede permitirnos otra interpretación del posterior avance indígena chaqueño.


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